VICTORIA.
Al salir de la cafetería, el cielo de Moscú empieza a oscurecerse. Nos subimos al auto y Max arranca, incorporándose al flujo del tráfico con la misma calma de siempre. Apoyo la cabeza en el respaldo y lo miro de reojo mientras maneja.
—No sabía que fueras así, Max —le digo, rompiendo el silencio del habitáculo.
Él mantiene la vista al frente, con las manos firmes en el volante.
—¿Así cómo? —pregunta, plano.
—Un héroe de pasillo —respondo, con una ligera sonrisa—. Lo que contó Leone.