VICTORIA.
El silencio que deja Maximiliano al marcharse es pesado, lo peor es que no me gusta. Me quedo sentada a la mesa, frente a los restos del desayuno que él mismo preparó. El apartamento, ahora vacío de su presencia, se es, sin temor a equivocarme, una galería de arte minimalista: impecable, caro y profundamente frío.
Me levanto de la mesa, recojo los platos y voy a la cocina. Abro el grifo, lavo la losa, la seco y la guardo en su sitio, sintiéndome una extraña en este lugar.
Empiezo a ca