MAX.
La cena transcurre en una normalidad tensa, un silencio sepulcral que solo se rompe por el sonido de los cubiertos contra la porcelana. Observo a Victoria de reojo. Come despacio, lidiando con la torpeza de usar una sola mano, pero mantiene la barbilla en alto, firme en su decisión de no mostrar debilidad. Yo me mantengo en mi sitio, con el brazo izquierdo inmovilizado por el yeso pegado al pecho, controlando cada uno de mis movimientos para no quejarme del dolor residual en las costillas.