VICTORIA
Pasan un par de horas. Me pongo de pie con dificultad, apoyando mi mano sana en la pared para no perder el equilibrio. El dolor de las costillas ha cedido un poco, pero el vacío en el estómago me recuerda que no he probado bocado desde que salí del hospital.
El sonido metálico de la llave girando en la cerradura me pone alerta. La doble puerta de madera se abre despacio y Galina ingresa a la habitación cargando una bandeja de plata con comida caliente. El olor a caldo de pollo y pan ho