MAX.
El teléfono vibra sobre la mesa de caoba, rompiendo el silencio de mi despacho. Veo su nombre en la pantalla y una chispa de triunfo me recorre el pecho.
Sabía que llamaría; tarde o temprano, la gravedad de mi mundo terminaría por atraerla. Esperaba la voz de la secretaria impecable, la mujer que intenta resistirse a mis órdenes con esa dignidad que tanto me obsesiona.
—¿Victoria? —pregunto. Mi tono es neutro, pero detecto una tensión subyacente que me pone en alerta.
—Lo conseguiste —me d