Cap.

Me besó el cuello, el escote, la parte de arriba de los pechos. Con mucho cuidado, me apartó los tirantes del camisón y lo empujó hacia abajo, descubriendo mi piel poco a poco. Se detuvo un momento, limitándose a mirarme. Sus ojos me recorrieron la cara, los hombros, los pechos y, por fin, se posaron en la cicatriz, que todavía estaba rosada, de mi abdomen. Rozó el borde del vendaje con la yema de los dedos, con una delicadeza que me hizo suspirar.

— Eres tan preciosa — susurró —. Incluso con e
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