No la dejé terminar.
Crucé la sala a tres zancadas bien dadas, la agarré del hombro con una fuerza que ni sabía que tenía y la giré hacia mí. La bofetada vino inmediatamente después, un viaje seco, certero, que restalló en el silencio de la sala como un disparo.
Raissa se llevó la mano a la cara, con los ojos como platos por la sorpresa y el dolor. El sonido del golpe todavía rebotaba en las paredes. El silencio que se quedó después fue sepulcral.
— Tú... — susurró, con la voz entrecortada.
— ¿