Cap.
Los días siguientes a mi vuelta de la cantera fueron un no parar de cuidados que rozaban la obsesión.
Rodrigo no me dejaba mover ni un dedo. Absolutamente nada.
—Mari, deja que ya lo cojo yo —me decía cada vez que intentaba levantarme a por un vaso de agua.
—Rodrigo, que não soy inválida —me quejaba, aunque en el fondo se me derretía el corazón con cada detalle.
Me cambiaba los apósitos con una delicadeza que no pegaba nada con esas manos enormes de director general, y se leía los informes médi