Cerré los ojos despacio, contando hasta tres. Intentando no perder el poco de calma que me quedaba.Al abrirlos, Laura estaba allí plantada, tapándose la boca con las manos, en shock. Y la mujer, Mariana, me miraba como si acabara de regar a un tigre hambriento por error. La manguera seguía soltando agua al suelo, creando un charco entre nosotros.El silencio duró apenas medio segundo.— ¿Pero qué narices está pasando aquí? —mi voz sonó baja, dura, lo bastante fría como para hacer temblar a cualquier adulto.Laura se quedó petrificada. Mariana reaccionó rápido, cerró el grifo de la manguera y dio un paso hacia delante.— Señor, lo siento muchísimo, no he visto que usted est—— Basta —la corté, sin levantar la voz, pero con la firmeza suficiente para dejarla clavada en el sitio.Se detuvo al instante. La observé de arriba abajo: la cara roja de tanto correr, la camiseta pegada al cuerpo, el pelo hecho un desastre y la respiración acelerada. Una presencia que no pegaba ni con cola en mi
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