(Perspectiva de Mariana)
Mi tripa llegó a un punto en el que ya no me veía ni los pies. Y no es ninguna exageración. Miraba hacia abajo y solo veía una montaña redonda, tirante y llena de estrías a la que le echaba crema todos los días con la esperanza de que disminuyeran. Tenía los pies súper hinchados… tanto que ya no me entraban ni las chanclas de Eliete. Las manos también, e el anillo de casada, que no me quitaba nunca, estaba guardado en una cajita en la mesita de noche esperando a que los