Me limpié los ojos con el dorso de la mano y aluciné con el panorama.
Era un desastre.
La cocina, que normalmente era un templo de acero inoxidable y granito impecable, parecía haber sufrido una ventisca en una panadería. Había harina por todos lados: en el suelo, en las encimeras, salpicada por los armarios.
En mitad del caos, encima de la isla principal —donde jamás de los jamases debería estar un niño—, estaba Laura. Parecía un pequeño fantasma, blanca de la cabeza a los pies del pijama. Ten