Ella sonrió, una sonrisa tensa y nerviosa, evitando mirarme a los ojos a toda costa.
— Es... es verdad. No vale.
Estaba temblando, y yo también. Laura, que no se había enterado de nada de la descarga eléctrica que acababa de cruzar la cocina, se quejó:
— ¡Papá, no has tirado!
En ese momento pitó el temporizador del horno, un sonido agudo y oportuno. Mariana pareció casi desmayarse del alivio.
— ¡La masa! —exclamó con la voz un poco aguda—. ¡Llega lo mejor, Laura! ¡A montar la pizza!
A Laura se