El calor me explotó en la cara, subiendo desde el cuello hasta las orejas, como una quemadura de vergüenza y de una verdad que no quería admitir.
Cada palabra suya era una bofetada, un recordatorio vívido e innegable de cómo mi cuerpo había traicionado a mi razón en ese momento.
— ¡Eres un idiota! —escupí, empujándolo con toda la fuerza que tenía, que no era mucha, pero suficiente para que retrocediera un poco y me soltara.
Me di la vuelta y entré en la casa, cojeando lo más rápido que pude, c