LAS REGLAS DEL HIELO

**AMARA**

“Cree que puede controlarme con su silencio”.

El sol de la mañana de Escocia era un chiste; una claridad pálida e impotente que apenas lograba atravesar la densa bruma que envolvía la cabaña. Me vestí con calma, eligiendo un suéter de cachemira negro de cuello alto que ocultaba perfectamente las marcas que los dedos de Magnus habían dibujado en mi piel la madrugada anterior. Al mirarme al espejo, noté mis labios un poco hinchados, el vivo recuerdo de su brutalidad elegante. Sonreí. El dolor era un precio ridículo por ver al monstruo perder los estribos.

Cuando bajé al comedor, la estancia estaba impecable. No quedaba rastro de las piezas del arma ni de la seda rasgada. Sobre la mesa rústica, una taza de café negro humeaba junto a un plato con fruta picada con precisión militar.

Magnus estaba de pie junto a la ventana grande, completamente vestido con su uniforme oscuro, los brazos cruzados a la espalda y los ojos fijos en el bosque exterior. Parecía una estatua tallada en el mismo granito de las montañas escocesas. Su rostro era una máscara infranqueable de hielo puro.

—Buenos días, guapo —saludé, sentándome a la mesa con una parsimonia deliberada, observando cómo sus hombros se tensaban apenas un milímetro al escuchar mi voz.

—Señorita —su respuesta fue un latigazo seco, desprovisto de cualquier matiz de la pasión salvaje que nos había consumido horas antes. No se giró a mirarme.

—El café está excelente. No sabía que los hombres del barro tuvieran tan buen gusto para los detalles domésticos —ataqué, buscando una grieta, cualquier reacción que destruyera su ridículo intento de ignorarme.

Magnus se giró despacio. Sus ojos grises estaban completamente vacíos, una indiferencia profesional que me irritó de inmediato. Caminó hacia la mesa con pasos medidos, deteniéndose a una distancia estrictamente reglamentaria.

—Las líneas de comunicación se han restablecido parcialmente tras la tormenta —informó, ignorando mi provocación con una frialdad de sastre.— Su padre ha solicitado un informe de sus actividades. Le he asegurado que se encuentra confinada y cooperando. Mantengamos esa versión.

—¿Cooperando? —me levanté de la silla, el café olvidándose en la mesa, y di los tres pasos que nos separaban hasta quedar a centímetros de su placa pectoral.— Ayer no parecías muy preocupado por los informes de mi padre cuando me tenías sujeta contra la madera, Magnus.

—Eso fue un quiebre en la seguridad —su tono bajó, volviéndose áspero como la lija, el primer indicio de que el volcán seguía activo bajo la nieve.— Una debilidad que no se volverá a repetir. Si cree que puede usar lo que pasó para manipularme o para rebajar mi autoridad, está muy equivocada, señorita.

—¿Señorita? —repetí, soltando una risa ahogada—. Ayer me llamabas muñeca mientras me desgarrabas la ropa. No me vengas con tu maldito orgullo de soldado herido. Me deseas. Tu cuerpo lo sabe, mi piel lo sabe.

Alcé la mano para tocar su mandíbula, para acariciar la sombra de barba que me había arañado los muslos, pero él reaccionó con la misma velocidad de la primera noche. Su mano se disparó y me aferró la muñeca, deteniendo mi avance en el aire. Pero esta vez no hubo sorpresa; solo un pulso eléctrico que nos conectó de inmediato. Su agarre era firme, ardiente, pero sus ojos delataban la lucha interna: el desprecio por mi clase social contra la necesidad visceral de poseerme otra vez.

—No tiente a su suerte, Amara —advirtió en un susurro áspero, sus dedos apretando mi muñeca lo justo para recordarme quién tenía la fuerza física aquí. —Puedo protegerla del mundo exterior; sin embargo, no hay nadie que pueda protegerla de mí si vuelvo a perder el control.

—Ese es el problema fundamental aquí, Magnus —le respondí con una voz que intentaba ser calmada, aunque por dentro sentía la ebullición de mil emociones. Me acerqué aún más a él, acortando la distancia que nos separaba hasta que pude sentir el aliento de su respiración, una corriente furiosa y cargada de una tensión palpable. Mis ojos buscaban los suyos, queriendo transmitirle la seriedad y la profundidad de mis palabras, la verdad irrefutable que yacía en cada sílaba. —Yo no busco ni quiero que tú me protejas de ti mismo, de esa parte tuya que te atormenta y que, paradójicamente, es la que más me atrae. Mi deseo, mi más profundo y oscuro anhelo, es que me destruyas por completo. Quiero que deshagas cada fibra de mi ser, que rompas mis barreras, que desdibujes mis contornos y que, finalmente, me conviertas en polvo bajo tu implacable influencia.

—¡Estás completamente loca! —Sonreí, un matiz de satisfacción en mi gesto al escucharlo murmurar esas palabras, que apenas se escapaban de sus labios.

 Claramente, aún no ha descubierto el alcance de mis verdaderas capacidades. No tiene la menor idea de todo lo que soy capaz de hacer, de la profundidad de mi ingenio y de la astucia que puedo desplegar cuando la situación lo requiere. Su subestimación es, en sí misma, una ventaja que pienso explotar.

Nos quedamos así, suspendidos en una guerra de voluntades donde el hielo de su disciplina chocaba contra el fuego de mi obsesión, sabiendo ambos que las reglas que intentaba imponer eran solo una tregua temporal antes del siguiente e inevitable estallido.

Sus ojos, pozos oscuros de tormenta, parpadearon, una fisura breve en su muro inquebrantable. Pude ver la duda, el diminuto temblor de un control que se resquebrajaba. Y fue en ese instante de vulnerabilidad que supe que había ganado, o que al menos la batalla se inclinaría a mi favor.

“Destruirte”, susurró, la voz áspera como guijarros. “No sabes lo que pides”.

Mi sonrisa fue un desafío, una invitación al abismo. “Quizás no. Pero quiero aprender. Quiero sentir cómo tu fuerza me doblega, cómo tu oscuridad me consume”.

La tensión en la habitación se hizo palpable, eléctrica. Cada respiración era un esfuerzo, cada segundo un estallido contenido. El aire vibraba con la promesa de algo irreversible, algo peligroso y excitante. Y yo, en el centro de esa tormenta, solo deseaba una cosa: que Magnus se rindiera a su propia naturaleza salvaje, que me arrastrara con él a ese lugar donde las reglas se rompían y solo quedaba la pura, cruda y devoradora pasión. Sabía que jugaba con fuego, que sus llamas podían reducirme a cenizas, pero en ese momento, la aniquilación a sus manos era la única forma de salvación que anhelaba.

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