**MAGNUS**—¿Destruirte? —repetí, y la palabra supo a pólvora y pecado en mi boca—. No tienes la menor idea de lo que estás pidiendo, Amara.La lluvia matutina golpeaba los cristales con una cadencia monótona, pero entre nosotros el aire estaba a punto de estallar. No la solté. Al contrario, mis dedos se cerraron un poco más alrededor de su muñeca, sintiendo el latido desbocado de su pulso atrapado bajo mi pulgar. Estaba tan cerca que podía ver el reflejo de mi propia mirada hostil en sus pupilas dilatadas. Su fragancia, una mezcla embriagadora de jazmín y el aroma limpio de la cachemira, se me metía por la nariz, saboteando cada uno de mis jodidos intentos de recordar quién era yo y quién era ella.“Suéltala. Da un paso atrás. Sé el profesional que te salvó de morir en el fango”.Pero mi cuerpo se negó a obedecer. Había una fuerza gravitacional, oscura y primitiva, que me empujaba hacia ella. Su boca, esa maldita boca hinchada que yo mismo había devorado hacía unas horas, se entreabr
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