Mundo ficciónIniciar sesión**MAGNUS**
“La he roto. O ella me ha roto a mí”.
La madera de la mesa aún vibraba bajo el eco de nuestros cuerpos, un crujido sordo que se mezclaba con el ulular del viento escocés contra las vigas del techo. El sudor me enfriaba la espalda desnuda, pegándose a la piel como una condena. Amara descansaba la cabeza contra mi hombro, sus mechones oscuros enredados en mi vello pectoral, su respiración profunda y entrecortada acariciándome la clavícula. Mis manos, esas malditas manos que sabían perfectamente cómo empuñar un fusil de asalto, pero que temblaban al sostener porcelana, seguían ancladas a sus caderas, apretando la carne donde mis dedos ya habían dejado un rastro de marcas violáceas.
Había cruzado la línea. La puta línea de la que no se regresa.
—Magnus —su voz fue un ronroneo perezoso, desprovisto de la altivez que solía usar como escudo en el vestíbulo de su padre.
—Cállate —masqué, la aspereza de mi propia voz sorprendiéndome. Tenía la garganta seca, quemada por la urgencia de unos minutos atrás.
La aparté de mí con una brusquedad que pretendía ser fría, pero que solo delató mi pánico interno. Sus piernas se deslizaron de mis caderas con lentitud, un roce tortuoso de piel húmeda que casi me hace perder los estribos de nuevo. Me puse en pie de un salto, buscando mis pantalones en la penumbra de la cocina, sintiéndome vulnerable por primera vez en mi puta vida militar.
Amara se quedó sentada sobre la mesa, con la camisola de seda destrozada colgando de un hombro, mostrando la palidez de su pecho marcado por mis labios. No intentó cubrirse. Me miraba con esos ojos felinos, fijos, inyectados con una mezcla de triunfo y una obsesión que me helaba la sangre.
—No puedes huir de esto —provocó ella, estirando los brazos hacia atrás, arqueando la espalda con una indolencia criminal.— Ya me probaste. Ahora eres mío.
—No soy de nadie, niña rica —escupí, abrochándome el cinturón con dedos rígidos—. Esto ha sido un error. Un maldito desliz provocado por el encierro y tu maldita insistencia en jugar al límite.
—¿Un desliz? —ella soltó una carcajada limpia, afilada como un bisturí, mientras bajaba de la mesa con una gracia insultante.— Mírame a los ojos y dime que fue un desliz mientras limpias mi aroma de tus dedos.
Me congelé. Tenía razón. El olor de su piel, ese almizcle dulce mezclado con el rastro de la pasión carnal, estaba impregnado en mis manos. Caminé hacia el fregadero de piedra, abrí la llave del agua fría y sumergí las manos bajo el chorro helado, frotando los nudillos con saña, queriendo arrancarme la sensación de su tacto rústico.
De repente, el pitido estridente del transceptor de mi equipo táctico sobre la encimera rompió la atmósfera. Era la frecuencia encriptada de la corporación de su padre.
—Vance, reporte de situación. —La voz del viejo estalló a través del altavoz, cargada de la misma prepotencia de la que Amara se alimentaba.
Miré a la heredera. Ella se había acercado, deteniéndose a solo unos centímetros de mí, con un dedo apoyado sobre sus propios labios carnosos, desafiándome con la mirada. Su pecho subía y bajaba, rozando casi mi brazo expuesto. Si su padre se enteraba de lo que acababa de suceder sobre esa mesa de madera, no solo estaría despedido; terminaría flotando en el río Clyde con un par de tiros en la nuca.
—Sin novedad, señor —respondí, sosteniendo la mirada fija de Amara mientras mentía por primera vez en mi carrera profesional.— Perímetro asegurado. La tormenta mantiene los accesos bloqueados. La señorita está en su habitación, descansando.
—Bien. Mantén los ojos abiertos, Vance. No confío en las sombras de esa zona —el canal se cerró con un clic estático.
Dejé el aparato sobre la mesa y me giré hacia ella, atrapándola entre el fregadero y mi cuerpo, bloqueando cualquier salida. La rabia me devolvió el control.
—Vas a subir a tu maldito cuarto ahora mismo —le siseé al oído, sintiendo cómo se tensaba de placer ante mi tono amenazante. —Y mañana actuaremos como si esto jamás hubiera pasado. Soy tu guardaespaldas, Amara. Nada más.
—Mientes tan bien como peleas, guapo —susurró ella, rozando su nariz con la mía antes de dar la vuelta con una sonrisa de victoria en los labios.
La vi desaparecer escaleras arriba, sus pies descalzos sin hacer ruido sobre la madera. Cuando me quedé solo, miré las piezas de mi arma desparramadas por el suelo. El laberinto no estaba afuera, en los bosques de Escocia. El verdadero laberinto estaba aquí dentro, y yo me había metido directo al matadero.
Me agaché, recogiendo cada parte con la meticulosidad de un cirujano. El frío metal contra mis dedos, la familiaridad de cada muesca, me anclaban a la realidad. No era la primera vez que una mujer me desarmaba, ni sería la última. Pero con ella… con ella era diferente. Había una intensidad en su mirada, una astucia en su sonrisa que prometía un juego peligroso, y yo, necio de mí, siempre he sido aficionado a los juegos de alto riesgo.
Con cada pieza que encajaba en su lugar, sentía cómo una parte de mí también volvía a armarse. El alcaide, el guerrero, el hombre que no se doblegaba ante nadie. Pero la imagen de sus ojos, el roce de su nariz, la victoria en su sonrisa, permanecían grabados a fuego en mi mente. ¿Miente tan bien como pelea? O quizás la pregunta era: ¿pelea tan bien como miente?
Me puse de pie, mi arma ahora una extensión de mi brazo. El silencio de la torre era un telón de fondo para el eco de mis propios pensamientos. Ella era un enigma, un torbellino de contradicciones que me atraía y me repelía a partes iguales. Y yo, el guardián de estas tierras, el que se jactaba de conocer cada sendero y cada trampa, me sentía como un aprendiz en sus manos.
Subí las escaleras, mis botas haciendo un ruido sordo que contrastaba con su sigilosa partida. El laberinto, sí, estaba aquí dentro. Y yo, con cada paso, me adentraba más y más en él, sin saber si encontraría la salida o si me perdería para siempre en la maraña de sus encantos.







