ErinMiraba a la señora mientras intentaba tranquilizarme. Decía que no debía preocuparme, que no me pasaría nada, que nadie iba a venderme ni a hacerme daño. Aun así, el miedo no desaparecía. Un hombre que salve, había intentado secuestrarme y yo no tenía idea de cuáles eran sus verdaderas intenciones. Eso me aterraba.—Hablaré por ti para que te lleven nuevamente al convento —dijo con calma—. Discúlpanos, a veces mi esposo y Ángel, cometen locuras sin pensarlas.Sus palabras no lograban aliviar del todo mi angustia. Pensé en Dios, en soltar el peso que oprimía mi alma, en toda la maldad que existe allá afuera. Aquel hombre había sido un completo desconsiderado. Me secuestró y me trajo a este lugar, sin importarle nada, se notaba que no le temia a Dios, yo seguía molesta por su atrevimiento, sabía que ahora ya no había marcha atrás. Este hombre me alejo de mi hogar.—¿Te gustaría comer algo? —preguntó de pronto, sacándome de mis pensamientos.La miré y suspiré, negando con la cabeza
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