Erin
No sabía por qué estaba aceptando que Ángel me besara de esa manera. Ni yo misma podía controlarme. En mi vida, jamás un hombre me había besado, pero con él todo estaba cruzando límites peligrosos.
Sentí sus manos apretando mis pechos y un gemido involuntario escapó de mi boca. Estaba completamente desbordada. Mi cuerpo reaccionaba a sus caricias como si tuviera voluntad propia, como si miles de chispas eléctricas recorrieran cada rincón de mi piel. No podía controlarme.
«Perdóname señor»