Capítulo 2

Erin

No sabía qué hacer. Estaba entre la espada y la pared.

El hombre al que había salvado ya se veía mejor; las pastillas que conseguí en la farmacia habían surtido efecto. Pero ahora… ahora había cometido un pecado: mentir. ¿Cómo iba a decirle al sacerdote que tenía a un hombre escondido en mi habitación… y que además estaba armado? No, no podía. Si lo descubría, podría matarnos a todos. Sería el fin.

—Por las sandalias de Moisés… —murmuré—. Mejor sigo ocultándolo.

—Hermana Erin, la misa ya ha terminado.

—Sí… hermana —respondí, sobresaltada—. Iré a mi habitación a rezar.

Mentí. Y el nerviosismo me traicionó, algo que nunca me había pasado. Jamás imaginé que, estando aquí, terminaría metida en un lío así… y mucho menos mintiendo de esta manera. La hermana me observó unos segundos, sonrió con dulzura y se alejó.

Me llevé las manos al rostro. Ya no podía más con esto.

¿Qué iba a hacer? No tenía idea. El miedo me oprimía el pecho: miedo a que descubrieran al desconocido, miedo a lo que pensarían de mí el sacerdote y las demás monjas. Yo apenas era una novicia, estudiando para convertirme en monja, un deseo que había tenido desde siempre.

Caminé por el jardín, observando aquel lugar tan hermoso que antes me transmitía paz. Pero ahora sentía que esa calma se me escapaba de las manos, como lluvia de mayo. Todo por culpa de ese hombre escondido en mi habitación, sin que yo supiera cómo sacarlo de allí.

Suspiré con fuerza; mi corazón latía desbocado. Si seguía guardando ese secreto, mis días aquí estaban contados. Y lo peor era saber que nada se oculta ante los ojos de Dios. ¿Cómo una futura monja podía estar metida en algo tan peligroso solo por querer hacer el bien?

—¿Qué sucede contigo, niña?

Me sobresalté tanto que llevé la mano al pecho. Frente a mí estaba la madre superiora, observándome con atención.

—Madre superiora… —tragué saliva—. Estaba mirando el jardín… y noté que las aves no han venido a cantar.

Ella me miró fijamente, como si buscara una grieta en mi mentira.

Cuando estaba a punto de decir algo, apareció el sacerdote Miguel.

—Madre superiora, necesito hablar con usted de algo importante.

—Hola, hermana Erin. ¿Todo bien?

—Sí, padre. Todo bien. Iré a prepararme para las clases bíblicas.

—Está bien, hija. Ten cuidado.

—Con permiso.

Me alejé a toda prisa. Corrí como nunca, con el corazón a punto de salírseme del pecho. Entré a mi habitación y cerré con seguro. Apenas me giré, unas manos grandes cubrieron mi boca.

—Cuidado —susurró él—. Si me traicionas o dices algo que no debes, te cortaré la lengua.

—No he dicho nada —respondí, temblando—. Te lo juro.

—Necesito salir de aquí esta misma noche.

Tragué saliva. Miré el plato de comida intacto.

—¿Por qué no comió nada de lo que le traje?

Chasqueó la lengua y me miró con desconfianza.

—Tal vez intentas envenenarme. No confío en ti.

Suspiré. Tomé un poco de pan y comí frente a él, luego hice una mueca.

—¿De verdad cree que sería capaz de envenenarlo? Yo lo salvé, y aun así me acusa de cosas que no existen.

Le hablé molesta, cansada. Me senté en la cama sin saber cómo sacarlo de allí. Ahora todo el convento estaba vigilado: el celador, las hermanas de turno… ¿por qué tenía que pasarme esto justo en mis noches de guardia?

De pronto sentí unas manos rodeando mi cintura. Me levanté de inmediato, exaltada.

—¿Qué está haciendo?

—¿Por qué te asustas? —sonrió—. ¿Te da miedo… o te gusta?

—¿Pero qué está diciendo? —susurré, furiosa—. Está loco.

Me tapé la boca al darme cuenta de la palabrota. Él sonrió de lado, pero enseguida se puso serio.

—Necesito que me saques de aquí. Si no es hoy, será mañana. ¿Qué día es?

—Mañana es domingo por la noche —respondí—. Hay una misa especial. Tal vez sea mejor entonces. Hoy ya estoy en problemas por su culpa. Si se dan cuenta de lo que hice, lo perderé todo. Mi vocación… mi sueño de ser monja… Solo quise hacer lo correcto, y ahora parece que todo estuvo mal.

Silbó suavemente. Me acerqué y le tapé la boca de inmediato, mirando hacia la puerta.

—No haga eso —le susurré—. Me va a meter en serios problemas.

Sentí las manos del hombre aferrarse a mi cuerpo con brusquedad y, sin darme tiempo a reaccionar, me lanzó sobre la cama. Mi cuerpo comenzó a temblar de miedo mientras él sonreía al observarme. Luego, bajó la mano con descaro, y las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta; el hipo me traicionó, cortándome la respiración.

—Tan tierna… pero hace un momento gritabas —dijo con burla—. Imagínate qué tiene de malo que alguien haya silbado. Nadie vendrá. Tu boca es demasiado altiva, así que despreocúpate.

—Levántese, está encima de mí… además, su herida aún no está bien —le pedí con un nerviosismo que apenas me permitía hablar.

Pero hizo caso omiso. Sentí algo duro presionándome y el miedo se apoderó por completo de mí.

—¿Qué es eso? —pregunté con la voz quebrada.

Él bajó la mirada y se movió con descaro sobre mí.

—Mierda… no puedo creer que una fea con ese traje me esté provocando, y más en esta posición prohibida.

Lo miré con sorpresa, quise apartarlo, pero no me lo permitió. Bajó el rostro hasta mi cuello y me sostuvo con fuerza. Sentí cómo se frotaba contra mí, y lo peor llegó cuando su mano se deslizó por debajo de mi falda y tocó mi piel desnuda.

—¡Está mal! ¿No se da cuenta de lo que está haciendo? ¡Soy novicia! —le exigí, intentando apartar su mano.

Fue inútil. Sentí sus labios sobre los míos, fríos y suaves. En un impulso, lo mordí. Él se levantó de inmediato, sacó una navaja y la mostró con furia contenida.

—¿Por qué me mordiste? ¿Estás loca? —gruñó—. Con todo el ruido que hiciste, estuviste a punto de arruinarlo todo.

—¿No puede respetar mi devoción? Yo lo apoyé… ¿y ahora recibo esto? ¿Pretende abusar de mí?

Él negó, como si quisiera reírse de la situación. Yo lo miré con rabia mientras me arreglaba la ropa. Mi pulso iba desbocado. ¿Cómo era posible que hubiera besado a un hombre? Necesitaba confesarme cuanto antes, pero ¿cómo hacerlo si estaba atrapada en esa habitación, metiéndome en problemas cada vez más graves?

Quería gritar. Quería llorar. Todo por una estupidez que jamás debió ocurrir.

—Sí, admito que me provocaste —dijo con desdén—, pero no iba a hacerte nada. Aunque ese beso diga lo contrario… eres tan confundida que, como mujer, mejor deberías hacerte monja.

—Usted es un… —me detuve.

No terminé la frase. No permitiría que de mi boca saliera una palabra más, y menos una tan sucia. Ya había aprendido demasiado de ese mundo que no deseaba. Lo miré con enojo, sintiendo aún el corazón golpeando con fuerza contra mi pecho.

¿Cómo iba a dormir esa noche? ¿Cerca de ese hombre? Como las noches anteriores, él dormiría en el sillón, pero ahora el miedo era distinto. Un miedo más profundo… miedo a que cometiera una locura.

Y lo más aterrador de todo, era el miedo a que esa locura pudiera gustarme.

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