Capítulo 4

Erin

El olor a incienso aún flotaba en el aire cuando me arrodillé en el banco de madera tratando de pedir perdón por todos mis pecados. Las campanas habían dejado de sonar, pero mi corazón seguía desbocado, como si no entendiera que la misa ya había comenzado. Y es que no estaba aquí si no mas bien en ese hombre.

No lograba concentrarme en las oraciones y en nada.

Mis manos sudaban dentro del hábito y mis dedos se entrelazaban con fuerza, casi con desesperación. Miraba una y otra vez hacia el jardín lateral, justo en la dirección donde se encontraba el ala de las habitaciones. Mi habitación y con ese hombre dentro.

Cada segundo que pasaba sentía que el secreto me quemaba por dentro. Temía que el celador notara algo extraño, que entrara, que lo encontrara que todo se viniera abajo. Tenia miedo que él, sacerdote y la madre superiora se enterraran. Ese sería mi fin de novicia.

—Concédeme calma —murmuré—. Solo un poco de calma. ¡POR LAS CHANCLAS DE MOISES, EN QUE ESTOY METIDA!

Cuando terminó la primera misa, me levanté de inmediato. No esperé a nadie. Bajé la cabeza y caminé rápido, demasiado para una novicia. Sentía las miradas, o tal vez solo era mi culpa persiguiéndome.

Miré a ambos lados antes de cruzar el jardín. No vi al celador, abrí la puerta de mi habitación y empujé la  avancé y cerré con seguro.

Él estaba de pie.

—¿Qué haces? —pregunté, sobresaltada.

—Lo que debí hacer desde el principio —respondió con frialdad—. Me voy. Esta misma noche, mejor dicho, ahora.

Negué de inmediato, el pánico apretándome el pecho.

—No... no ahora. Hay mucha gente afuera. Es peligroso.

—No me importa —replicó—. Estoy harto de estar encerrado. Necesito moverme ya, debo ir lejos y tengo que llevarte.

—Esta loco. De que esta hablando.—susurré—. Yo pertenezco aquí, ya le salvé la vida. Hice todo lo que pude. Me amenazaste, te oculté… ¿qué más quieres de mí?

Sonrió de lado, levantando apenas una ceja.

—Te quemaste cuando decidiste salvarme, monjita. Ahora cargas con las consecuencias.

—Estás drogado —dije, con la voz quebrada. El hombre se acerco y me tomo de la cintura— Suéltame.

No respondió. Me tomó de la mano con fuerza.

—Tú vienes conmigo.

—¡No! —me resistí—. ¡Suélteme! ¡Yo no voy a ningún lado! El abrió la puerta de la habitación saliendo conmigo.

En ese instante, escuché la voz de alguien.

—¿Quién anda ahí?

Me quedé helada.

Antes de que pudiera reaccionar, él me atrapó y me cubrió la boca con una mano dura.

—No digas nada —susurró con amenaza.

Sentí cómo me arrastraba hacia la salida. El miedo me nubló la vista.

—Ayuda… —logré murmurar, ahogada—. Hay un hombre aquí…

El celador apareció, levantando un arma. Todo ocurrió demasiado rápido.

—¡Hay un intruso! —gritó—. ¡Está llevándose a una hermana!

—Maldita sea —murmuró él.

Un disparo resonó. Los feligreses comenzaron a gritar. El caos estalló como un relámpago dentro de la iglesia.

Intenté zafarme y lo mordí con todas mis fuerzas. Grité y corrí, pero me atrapó de nuevo, con una furia que me dejó sin aire. Me cargó sobre su hombro como si no pesara nada.

—¡Suélteme! ¡Por favor! —grité, desesperada.

Salimos al exterior yo grite pero este tipo solo me ignoró. Jamás imaginé que esto pasaría por ser bondadosa. Ahora por ayudarlo el me esta secuestrando.

Un auto apareció frente a nosotros.

—¡Vamos! —gritó alguien desde dentro—. ¡Súbela!

—¿Qué va a hacer? —logré decir, entre sollozos—. ¿Quiénes son ustedes?

—Cállate, monjita —me espetó—. O esta vez sí te mato.

—¡Basta! —dijo otra voz—. La estás asustando. ¡Apresúrate!

—¿Hay gasolina? —preguntó él.

—Suficiente. Saqué todo de la cueva. Ropa, dinero… y sí, también ropa para ella.

El motor rugió.

Mi mundo se rompía en pedazos mientras el convento quedaba atrás, junto con mi vocación, mi fe… y la vida que creía segura.

Y supe, con un terror absoluto, que ya nada volvería a ser igual.

***

El cansancio me ganó después de tanta discusión con ese hombre. No tenía idea de adónde me llevaba ni qué destino me esperaba. Todo lo que me estaba pasando lo sentía como un castigo, uno bien merecido por haberme involucrado con un desconocido, por haberlo metido en la habitación de una monjas mientras eso era un pecado horrible.

Sentía el movimiento apresurado del auto, brusco, constante. No sabía hacia dónde íbamos, pero una idea horrible se instaló en mi pecho, tal vez todo estaba por terminar. Tal vez iba a morir. Y ni siquiera había pedido perdón, ni me había confesado con un sacerdote. ¿Tendría perdón? No creía ser tan pecadora lo único que hice fue confiar, querer salvar a un hombre. Y él me hacía esto.

Soy la única culpable de todo lo que me sucede. No hay a quién culpar, no hay justificación posible. Somos adultos y cada quien sabe lo que hace.

Abrí los ojos lentamente y me sobresalté. Ya no estábamos en la ciudad.

—¿Dónde demonios estamos? —pregunté exaltada.

Me di cuenta de que estaba recostada sobre él. Me incorporé de inmediato y él me regaló una sonrisa descarada.

—Estamos dando un paseo.

—¿Un paseo? —bufé—. Usted está loco. Ya amaneció…

—Dormiste bien, ¿monjita? —preguntó con sarcasmo.

—Sí, claro, como una princesa —respondí con ironía, arrugando la cara.

Algo no estaba bien. Lo sentía en todo el cuerpo. Él intentó acariciar mi rostro, pero me aparté por instinto.

—Pronto vamos a llegar a comer algo —dijo—. Así te das una ducha o quizás nos damos una juntos.

—Usted está loco. La policía debe estar buscándolo por secuestrador. Dios lo va castigar por atrevido.

—Cállate. Dormida estabas más bonita —respondió sin pudor—. Te traje para que vieras el lugar. Ya no estamos en la ciudad, así que no hay de qué preocuparse.

Hice una mueca. Sentí el nudo en la garganta, como si en cualquier momento fuera a romper en llanto. Me cubrí el rostro sin saber qué hacer. Era verdad, no había edificios, no había nada. Solo carretera, campos, vacío. Parecía un condado… aunque ni siquiera sabía con certeza qué era un condado.

—Sé que te estás haciendo mil preguntas —dijo—. Que si te voy a matar, que si estamos lejos… Digamos que sí, estamos lejos. Dormiste más de diez horas. Eso significa que casi no duermes, querida hermanita.

—No soy su hermana, eso significa que ya no estamos cerca de la catedral—espeté y el negó con una sonrisa cargada de burla.

—Ahora eres libre ya no estarás ahí. Seguramente no querías ser monja.

—Deje de decir estupideces. Usted es un secuestrador.

—Tranquila, cariño. No te va a pasar nada malo. Aquí serás más libre, más feliz. Quítate ese hábito. Vamos a comprarte ropa.

—No voy a quitarme mi hábito.

—Pues tendrás que hacerlo. No voy a andar con una monja de paseo.

—Entonces regrésenme a mi lugar. Usted es un depravado.

—No lo soy —sonrió—. Tranquila, que así te ves más bonita. Mejor duérmete otra vez, me estás incomodando.

Giré el rostro hacia la ventana y observé la carretera, desilusionada, decepcionada conmigo misma por haber sido tan buena, por rescatar a un hombre que resultó peor que un ángel caído. Fruncí el ceño y lo miré con rabia, luego decidí ignorarlo.

Quise llorar, las lagrimas bajaron lentamente y luego las limpie, ni siquiera vale la pena hacerlo, ya no estaba cerca del país.

Así que me aguanté.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP