PECADO CONCEDIDO.
PECADO CONCEDIDO.
Por: Salyspears
Capítulo 1

Erin

—Ya todo deje limpio, debo ir a asegurarme de que el portón esté bien cerrado —susurré para mí misma caminando con alegría.

Antes de cerrar las rejas busqué al celador, pero no estaba. De repente escuché unos quejidos y salí hacia afuera, hacia la casetita del señor Omar. Volví a escuchar otro ruido, más fuerte. Todo estaba oscuro. Me persigné y exhale antes ir afuera.

De repente sentí que alguien me observaba. Salí fuera del portón y no había nadie, solo una oscuridad total. De pronto, alguien me jaló con fuerza. Era un hombre. Grité aterrada, pero al verlo me quedé paralizada: estaba lleno de sangre, gravemente herido.

—¿Está bien? —le pregunté, temblando.

El tipo negó con la cabeza.

—¿Crees que puedo estar bien estando herido, a punto de perder mis órganos y desangrándome? —respondió frío, calculador.

De repente aparecieron varios hombres a lo lejos. El herido me atrapó con fuerza y se escondió conmigo en la caseta del celador. Me susurró al oído que no hiciera ruido. Mi corazón latía tan rápido que pensé que me daría un paro cardíaco.

—Suélteme —le pedí.

—No hagas ruido —ordenó.

Vi a varios hombres pasar apresurados.

—Busquémoslo por la otra calle, debe estar escondido ahí.

¿Qué está pasando? ¿Lo estaban buscando a él?

Me solté de su agarre y él se quejó de dolor.

—Lo siento mucho. Voy a llamar a una ambulancia para que lo lleven a un hospital. ¿Quién pudo hacerle algo tan horrible? —dije mientras sacaba el móvil.

Sentí su mano apretarme la muñeca. Me quitó el teléfono.

—No vas a llamar a ningún puto hospital —susurró con rabia—. No sé qué vas a hacer, pero me vas a ayudar. 

—No, por favor. Llamare a la policía si me hace daño.

—Cállate o te mato. Tengo un arma. Estas advertida. Si no me ayudas, iras a ver a Dios.

Me quedé paralizada. Yo solo quería ayudar, pero sentía que me había metido en la boca del lobo. Esto estaba mal. Señor, perdóname. Ayudar a una persona herida sin llevarla a un hospital era peligroso… y un pecado.

Empecé a persignarme. Él me miró con molestia.

—¿Por qué haces eso a cada rato?

—Es que usted me da miedo —admití—. Quise ayudarlo, pero creo que cometí el peor error de mi vida.

—No digas estupideces, monjita.

—Aún no lo soy —aclaré.

Me tomó del brazo con fuerza. Intenté ayudarlo a levantarse, pero perdí el equilibrio y caí encima de él. Se quejó de dolor. Estaba cubierta de sangre y quise huir, pero no podía dejar a un moribundo allí. No podía. No soy mala.

Miré a todos lados. No había nadie. Con dificultad logré llevarlo hasta mi habitación.

—Apúrate, me duele mucho —gruñó.

—Podría ser un poco más amable y decir gracias —le reclamé.

Me miró furioso. Tenía el cabello largo y unos ojos amarillentos que me inquietaron. Me tomó de la cintura y me asusté.

—¿Puede colocar su mano en otro lugar? —pedí nerviosa.

Sonrió de lado, pero volvió a quejarse.

—Cállate y avanza.

—Es usted muy maleducado, por lo menos agradezca —repliqué.

Solté un suspiro pesado. Al entrar en la habitación lo dejé sobre la cama. Se quejaba cada vez más y al encender la luz noté lo pálido que estaba.

De pronto tocaron la puerta. Me puse en alerta. Él sacó un arma, se acercó y me hizo un gesto para que guardara silencio. Sentí el metal frío en mi cuello.

—Hermana Erin, ¿ya está descansando? —preguntó la hermana Delia desde afuera.

—Sí, hermanita Delia, ya estoy descansando. Solo estaba escribiendo unos pasajes —respondí, tratando de no temblar.

—Bien, hermana. Nos vemos mañana en la misa. Recuerde llevar su pasaje bíblico memorizado.

—Está bien, hermana supervisora. Que descanse y que Dios la bendiga.

Cuando los pasos se alejaron, solté un bufido y empujé al hombre. Estaba furiosa.

—¿Qué le pasa? ¿Cómo se le ocurre poner esa mierd... cosa en mi cuello ? —le reclamé en voz baja.

Él sonrió de lado antes de responder:

—Vaya, la monjita sí sabe decir malas palabras. Se nota que no eres tan santa como me imaginé.

Me tapé la boca, avergonzada.

—Dios mío, perdóname…Todo esto es culpa suya —continué—. Me hizo decir cosas horribles y cometer esta locura de traerlo aquí cuando debería estar en un hospital. Está sangrando mucho y míreme… estoy llena de sangre por usted.

Él negó lentamente y alzó la pistola en silencio, señalándome.

Ayúdame…señor.

—Ven, cállate por una vez y busca cómo limpiarme esta herida. Haz algo, porque me estoy muriendo de dolor. Y si no lo haces, te vuelo los sesos aquí mismo y te encontrarán muerta, ¿entendido? —sentenció, apretando los dientes.

Tragué saliva, el miedo me cerró la garganta, y asentí. Rápidamente busqué un botiquín de primeros auxilios con las manos temblorosas.

Acerqué la lamparita y pude ver la herida. Era profunda… tanto que el pánico me recorrió el cuerpo. Él me observaba fijo, el rostro contraído por el dolor, pero en sus ojos no había debilidad, sino algo más oscuro, algo que me heló la sangre. Me arrodillé a su lado sin saber qué hacer. Vi el frasco de agua bendita y, de pronto, una idea desesperada cruzó mi mente.

Busqué una cuchilla. No sé por qué pensé que podría sacar la bala.

Cuando intenté hacerlo, él apretó mi muñeca con fuerza.

—Suéltame… así no podré ayudarte —dije con la voz temblorosa—. No sé cómo se hace esto. Por eso te dije que debíamos ir a un hospital…

No terminé la frase. Sus manos se cerraron alrededor de mi cuello, duras, amenazantes.

—Si sigues hablando, te mando derechito al cielo. O no… tal vez al infierno —gruñó—. Haz lo que te dije. Saca la bala. Limpia la herida con lo que tengas. Invéntate algo. No me importa cómo, solo sálvame del pellejo. Me estoy desangrando y tú hablas demasiado… y me estás poniendo a prueba.

Asentí como un muñeco, moviendo la cabeza sin voluntad. Cuando aflojó un poco la presión, tosí con fuerza. Lo miré con rabia contenida y solté un bufido exasperado.

Tomé un poco de alcohol y lo derramé sobre la herida. Él apretó la mandíbula, pero no gritó. Intenté sacar la bala con la cuchilla; era difícil, la sangre me mareaba y las náuseas me subían al pecho. De pronto, él me quitó la cuchilla.

—Dame eso.

Lo hizo él mismo, sin asco ni temor, como si el dolor no existiera. Me cubrí los ojos. Después, aplicó alcohol otra vez. Yo busqué el yodo y se lo puse con cuidado. Al final, casi por instinto, dejé caer unas gotas de agua bendita.

—Que Dios te proteja… te sane… y te salve —murmuré.

Soltó una risa baja, peligrosa.

—Vaya… sí que eres una nenita. Al menos sabes orar. ¿Qué fue eso último que me echaste?

—Agua bendita. Ojalá, por lo menos, te purifique el alma… porque usted sí es un hombre muy malo.

—¿Muy malo? —repitió, ladeando la cabeza—. Exactamente. Y no tienes idea de en qué te has metido, pequeña angelita.

Lo miré con los ojos muy abiertos. Su mano se deslizó hasta mi cintura y me atrajo hacia él. El terror me paralizó de inmediato.

—Pequeña ángel… no vas a escapar de mí. Acabas de salvar al mismísimo demonio —susurró—. Ahora estás atrapada. Si no haces lo que te diga, atente a las consecuencias.

Mi corazón latía como una locomotora desbocada. No sabía si había hecho bien o mal en salvarlo. Solo sabía una cosa: al ayudarlo, había sellado mi destino y había cometido quizás un grave error.

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