Emilia despertó desorientada cuando el tono de su alarma comenzó a sonar de forma intermitente. Normalmente se habría levantado con el primer pitido, desde hacía dos años no había conjurado un sueño profundo como para que la alarma de su móvil tuviese que extenderse tanto. Sin embargo, esa mañana su cuerpo y su mente parecían ir a velocidades diferentes —ambas vertiginosas—, que lo único que conseguía era debilitarla.
Cuando abrió los ojos, le llevó un par de minutos identificar el techo. No er