El último día del mes de julio llegó con una suave llovizna que golpeaba los cristales con la monotonía de un lamento antiguo. Emilia había despertado mucho antes del amanecer, sus ojos vacíos que solo miraban el viejo techo con su pintura desconchada y amarillenta. No recordaba si el sonido contra su ventana provenía del agua o era el eco de una pesadilla lo que la había despertado.
No recordaba los detalles exactos, tampoco eran importantes, pues sus sueños —buenos y malos— siempre giraban en