85. La noticia que desarmó a Santiago
En cuanto Eryx salió del galpón, la humedad de la noche lo golpeó en el rostro como un balde de agua helada, pero no se detuvo, caminó con Eidan en brazos hacia su auto. El pequeño todavía dormía, ajeno a todo.
Eryx lo miró, con el corazón estrangulado.
—Papá está aquí —susurró.
Lo acomodó en su silla especial del auto, asegurándose de que nada estuviera fuera de lugar. Revisó cada cinturón, cada broche, cada detalle, como si de eso dependiera mantenerlo respirando.
Antes de subirse, cerró los