36. El Brillo de una Reina
La sala se llenó de murmullos. Todos comprendieron que las palabras iban dirigidas a Shaya, sentada unos asientos más atrás, con un vestido negro de seda que resaltaba su figura y una calma casi peligrosa en su expresión. Ella no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo. Levantó su copa, bebió un sorbo, y entonces se puso de pie con la elegancia de quien sabe que cada movimiento será recordado.
—Es curioso —dijo con voz firme que atravesó la sala —Me acusan de no entender los juegos de adulto