Cap. 81 "Mi dios de la guerra".
La sala privada del restaurante era un refugio de madera cálida y luz tenue, un mundo aparte del acero y el cristal de Bianchi Holdings. Sobre la mesa, entre platos semi-vacíos y copas de agua, los planos de la guardería se mezclaban con la intimidad redescubierta.
Dayana hablaba animada, sus manos gesticulando mientras explicaba los comentarios de las operarias sobre los cambiadores. Sus ojos brillaban con una pasión que no era solo por el proyecto, sino por la vida misma, por sentirse viva, útil y conectada.
—¡Y las luces LED regulables! —exclamó—. Fue idea de Jorge, uno de los padres. Tienes que verlo, es brillante en el sentido literal. Las cosas son cada vez más claras. —Su sonrisa era tan amplia y genuina que iluminaba la habitación más que cualquier lámpara.
Ares la observaba, absorbiendo cada palabra, cada gesto. Era un banquete para su alma, hambrienta de verla así. Luego, con la naturalidad con la que antes le habría mostrado un contrato de fusión, deslizó su tablet hacia el