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El amanecer se colaba con timidez por los ventanales, dibujando líneas doradas sobre el suelo de madera. El silencio de la casa no era tenso como otras veces. No era vacío. Era contemplativo. Cálido. Como un suspiro contenido después de una tormenta.

Desperté antes que Santiago. Lo observé dormir, sus pestañas largas descansando sobre sus pómulos, el cabello ligeramente desordenado, una arruga

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