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El cuerpo de Santiago sanaba más rápido que su mente.

Las heridas superficiales cerraban con cada día que pasaba, los moretones se desvanecían, su piel volvía a ser la misma de siempre.

Pero sus ojos…

Sus ojos ya no eran los mismos.

Se movía con una tensión constante, siempre alerta, siempre midiendo cada sombra, cada sonido, cada rostro desconocido.

Habí

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