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La tormenta no había pasado.

Estábamos respirando en el ojo del huracán, atrapados en un instante de calma antes de que el mundo volviera a derrumbarse sobre nosotros.

Santiago lo sabía.

Yo lo sabía.

Y aunque por un breve momento nos permitimos fingir que podíamos quedarnos así, aferrándonos el uno al otro como si eso fuera suficiente, la verdad era que aún estábamos en peligro.

Y si no hacíamos algo, la próxima vez no saldríamos con vida.

—No podemos seguir huyendo.

Santiago caminaba por la hab
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