Cada paso que daba en aquella sala era una sentencia.
Mi respiración era un eco controlado, mi pulso un tamborileo en mi pecho.
No podía fallar.
No podía mostrar debilidad.
Los hombres que me rodeaban no eran el tipo de personas que te permitían un error.
No cuando en sus ojos solo veían oportunidades.
Oportunidades de poder.
De control.
De convertirte en su propiedad.
Pero yo no era una maldita moneda de cambio.
Y aunque mi postura era relajada, aunque mis labios sostenían una ligera sonrisa de