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La noche era espesa, sofocante. Las luces de la ciudad apenas lograban romper la negrura que parecía haberse asentado también sobre mi alma.

Me senté frente a la computadora en la oficina de casa, con la puerta cerrada y el corazón latiendo de manera errática, como si presintiera que estaba a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno. San

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