A través de las ventanillas, las nubes parecían montañas de algodón que se abrían paso entre los rayos dorados del sol. Mateo no dejaba de moverse de un lado a otro del asiento, su pequeño rostro pegado al vidrio con la nariz aplastada contra él, los ojos encendidos de fascinación.
—¡Mamá, mira! ¡Parece que estamos en el cielo de los ángeles! —exclamó con la voz llena de asombro.
Savannah sonrió con suavidad, mirando a su hijo. Había pasado tanto tiempo sin verlo reír así, sin esa chispa genuin