El aire en la caverna glacial se había vuelto una amalgama de fragancias imposibles y estática mortal. La resonancia de Aeval y Naamah —ese tejido de glamour feérico y deseo infernal— brillaba como una burbuja de jabón en medio de una tormenta de arena. Por un instante, el poder de la Reina Hada y la Súcubo pareció detener la marcha de Kushiel, pero la realidad era un tablero que el Nephilim conocía demasiado bien.
Kushiel no gritó ni mostró esfuerzo; simplemente batió su par central de alas,