El aire en la cima de los Alpes ya no pertenecía a la naturaleza; era un sudario de ceniza y frecuencias electromagnéticas que zumbaban con la promesa de una aniquilación inminente. El Castillo Valerius se desmoronaba, no como un edificio viejo, sino como un organismo al que le hubieran arrancado el corazón. Sin la presencia de Kushiel para sostener la realidad distorsionada de sus muros, la piedra negra cedía ante la gravedad y el bombardeo humano, convirtiendo los pasillos de mármol en trampa