La Ciudad de México amaneció bajo un manto de ceniza que no provenía de ningún volcán terrenal. Era el residuo de la realidad quemada, el hollín de un portal celestial que se había cerrado dejando una cicatriz purulenta en el corazón del Zócalo. El cielo, antes violeta y eléctrico, se había tornado de un gris estático, como una pantalla de televisión sin señal. Los servicios de emergencia humanos, militares y científicos, acordonaron el área con un asombro impotente; sus instrumentos de medició