La Ciudad de México se despertaba bajo una costra de ceniza plateada y un silencio que pesaba más que el plomo. En el Zócalo, las grúas de rescate y las ambulancias humanas parecían juguetes rotos frente a la magnitud de la devastación sobrenatural. Natalia caminaba por la periferia de la Catedral, ignorando el ruido de los helicópteros. Cada paso que daba era un recordatorio físico de la ausencia. El vínculo mental que la unía a Cristian, esa línea de fuego y algoritmos que siempre latía en la