El asfalto del Zócalo vibraba con un lamento metálico, una frecuencia de agonía que se extendía desde la Catedral hasta los límites de la consciencia humana. Bajo el peso de Gilgamesh, Cristian sentía cómo su caja torácica amenazaba con colapsar, no solo por la presión física del Nephilim, sino por la ponzoña gélida que Abadón había inyectado en la red eléctrica de su sistema nervioso. El código solar, que en Machon fluía como un río de oro, ahora era un estrépito de estática y errores. La arma