El estruendo en el Zócalo de la Ciudad de México alcanzó un clímax apocalíptico. Mientras Cristian y Natalia se sumergían en las profundidades del vórtice, la superficie se convertía en el escenario de una carnicería celestial.
Ariel, el León de Dios, rugió con una potencia que desintegró los últimos vestigios de las nubes violetas. Gilgamesh, el gigante nefilim, lanzó un golpe que habría nivelado una montaña, pero Ariel no lo esquivó. Detuvo el puño masivo con una sola mano, y el sonido del im