El Zócalo de la Ciudad de México se había transformado en un altar de dimensiones colosales, donde el concreto supuraba una energía violácea que devoraba la realidad. La explosión solar de Cristian había dejado una estela de ozono y metal fundido, pero la victoria fue apenas un espejismo. Gilgamesh, el gigante Nephilim, se puso en pie entre los escombros de la fachada de la Catedral, sacudiendo su cuerpo masivo con una lentitud que denotaba una confianza aterradora. Su piel de dragón no present