El mármol de la biblioteca privada de los Valerius estaba manchado con una pátina de sangre vieja y cera de velas negras que nadie se había molestado en limpiar desde que la Gala Carmesí se transformó en un matadero. Aleksei Helios estaba sentado en un sillón de cuero raído, con el torso envuelto en vendajes empapados de una solución de plata y suero regenerativo que apenas lograba contener la supuración de sus heridas. Cada respiración era un recordatorio punzante de la humillación que Cristia