El ascenso al Sexto Cielo no fue una transición física, sino una reconfiguración del alma. Al cruzar el umbral de la mano de Uriel, la pesadez de la Ciudad de México y el aroma a lluvia ácida del Ajusco fueron reemplazados por una inmensidad que desafiaba cualquier concepto humano de arquitectura. Machon, el cielo de los depósitos celestiales, se extendía ante nosotros como un océano de nubes de platino y oro, donde el aire sabía a promesas cumplidas y a energía primordial.
Aquí no había edific