Él, Derek, el titan de los negocios, el hombre cuyas órdenes eran ley en los más altos círculos corporativos, que domaba salas de juntas y desmantelaba crisis con una frialdad quirúrgica, ahora se encontraba paralizado. Una vulnerabilidad desconocida, una marea de emoción íntima, amenazaba con ahogarlo. Era un rey en su imperio de control, y este desgarro interno era su único, su más temido, punto ciego. La simple mención del rechazo, le apretaba la garganta hasta dejarlo sin aliento.
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