Él continuó tal cual, sin moverse, lamentando la imposibilidad de concebir su anhelado sueño.—No tengo apetito.— susurró, seguido de un suspiro pesado.
—Tenemos una invitada especial. Alguien que te gustaría ver. Una persona que te hará olvidar esta melancolía.
—No me importa nada ni nadie. —gruñó Derek, su voz amortiguada por la almohada.— Dayana, sal y cierra la puerta. Quiero estar solo.
—Levántate, Derek. No podemos hacerle un desaire a la invitada. —La voz autoritaria de su abuela, Doña Alba, resonó en la habitación mientras entraba, su presencia llenando el espacio.
Derek se incorporó de inmediato.—Abuela, ¿por qué subiste las escaleras? Sabes que no debes esforzarte.
—Porque te conozco, cariño. Y sé que si no vengo a buscarte personalmente, no ibas a bajar.
Derek exhaló incómodo, evidenciando su profundo malestar. No tenía ganas de ver a nadie. Lo único que deseaba era poder controlar sus sentimientos caóticos, encontrar algo de paz mental e ignorar el torbellino de emociones q