Ella suspiró, un sonido ahogado que intentó contener, pero que se rompió al chocar con el dolor. Trató de ser fuerte, de imponer una barrera de acero contra la amargura, pero fue inútil. Las lágrimas comenzaron a brotar, calientes y traicioneras, cayendo sin el menor control. No fue un llanto suave, sino un sollozo desgarrador que brotaba desde lo más hondo de su alma. Lloró la profunda decepción que le calaba hasta los huesos; lloró la desilusión que desintegraba sus esperanzas; lloró por haberse dejado arrastrar por la falsa fachada de Derek; lloró por su propia ingenuidad al creer que ese hombre, duro como el acero, podría cambiar. Y lo peor de todo, lloró porque, a pesar de tener ese maldito papel en las manos, ese testimonio frío de su traición, lo amaba con una fuerza que la humillaba.
Permaneció un tiempo indefinido en el despacho. Repasó con una lucidez cruel la actitud amable y protectora que su esposo había mantenido durante los últimos meses. Era una máscara, brillante y pe