Lizeth y Freisy no vinieron a visitar; vinieron a molestar, a sembrar cizaña.
Las mujeres hicieron un recorrido descarado por la vivienda. Recorrieron la opulencia de la mansión con la boca abierta. Era evidente su pensamiento: Naomi, no merecía vivir en un lugar así.
— ¿A qué debo el honor de sus encantadoras presencias? —preguntó Naomi, apareciendo en el umbral de la sala de estar, donde las encontró husmeando. Las mujeres se giraron hacia ella con una arrogancia estudiada.
— Señora Torres, la felicito. Es la propietaria de esta enorme y hermosa mansión. —dijo Freisy con una falsa dulzura, acomodándose en un sofá de terciopelo con las piernas cruzadas.
— Pero no será por mucho tiempo.—argumentó Lizeth, ocupando el asiento contiguo con un aire de superioridad.
Naomi desplegó una radiante sonrisa. Sabía que la presencia de esas mujeres era un intento deliberado de sacarla de sus casillas, pero estaba psicológicamente preparada para la guerra. Caminó con una elegancia deliberada y se a