En un pequeño pueblo a las afueras de la ciudad, donde la lluvia azotaba con una furia inusitada, Tyler y Freisy se encontraban en la recepción de un hotel. La tormenta había convertido las carreteras en ríos y la posibilidad de reunirse con los arrendatarios o regresar a la ciudad, era nula. El rugido del viento se colaba por los marcos de las ventanas, un presagio de la incomodidad forzosa.
Tyler deslizó su tarjeta de crédito a la recepcionista para pagar la habitación. Tras el breve procedimiento, la empleada le entregó la primera llave magnética.
Freisy, al darse cuenta de su descuido, sintió una oleada de frustración hirviente. Había dejado su bolso y su billetera en el coche. Intentar llegar al estacionamiento era una trampa mortal, un suicidio premeditado. Ella maldijo en voz baja, sintiendo que su sofisticación se desmoronaba. Justo antes de que Tyler desapareciera por el pasillo alfombrado hacia el ascensor, ella lo interrumpió con un grito cortante, desprovisto de cualquier