OBLIGADA A TENER EL HIJO DE MI ENEMIGO. Capítulo 36.
Héctor y yo permanecimos en la cama hasta prácticamente el amanecer. El tiempo pareció disolverse entre caricias, besos y susurros, hasta que nuestros cuerpos, exhaustos, ya no pudieron más. Hicimos el amor sin descanso, como si quisiéramos recuperar de una sola vez todos los años perdidos, todas las palabras que nunca nos dijimos, todas las oportunidades que el pasado nos había arrebatado.
Finalmente, sin aliento, terminamos abrazados bajo las sábanas. Su brazo rodeaba mi cintura con una famil