23. Tú nunca vas a creerme
— ¡Espera, por favor! — rogó Ana Paula, siguiendo a su furioso esposo. Lo tomó del brazo — ¡Lo que digo es cierto! ¡Tienes que creerme!
Santos Torrealba se giró con los ojos enrojecidos. No sabía cómo diablos explicar lo que estaba pasando por su mente en ese momento.
— ¿Cómo esperas que te crea, eh? Te doy un voto de confianza… ¡Uno, carajo, y parece que solo soy tu burla, tu idiota! — gruñó con decepción y dolor, pues una grande parte de él había estado rogando para que su inocencia en todo