Selene estaba esponjando las almohadas de su madre para que estuviera más cómoda cuando esta la miró con seriedad.
—¿Ya vas a decirme por qué sonríes tanto?
—Porque estás bien, mamá.
—No soy estúpida —habían pasado dos días desde la operación y la sonrisa en la cara de su hija no se iba; sabía bien que la recuperación de su salud no era la única causa.
—No discutamos, ¿sí? —le acercó la bandeja con el desayuno.
—Me habías prometido algo. Debí suponer que no lo ibas a cumplir.
—No estoy hac