Los ojos de Alan eran grises como los de su verdadero padre; pero cada vez que los miraba, no veía en ellos los ojos del hombre que odiaba. Miraba al pequeño que le había dicho «papá» por primera vez, el mismo que lo rodeaba con sus pequeños bracitos cada noche y le hacía olvidar lo malo y podrido que estaba el mundo afuera.
Su hijo.
Y aunque no era de sangre, lo sentía suyo en el corazón.
No. Nunca atentaría contra esos ojitos que tanto amaba.
Y así, con un rugido, giró el cañón hacia su jefe